El enojarnos ante algo o alguien es natural, sobre todo cuando las cosas no suceden de la manera en que nos gustaría que pasaran. Sin embargo, hay que ser conscientes de que existe una gran probabilidad de que lo que pase en nuestra vida, jamás pasará de la forma en que esperamos. Las cosas no suceden cómo queremos, y debemos aprender que eso está bien.
Quiero que hoy nos enfoquemos en descubrir, ¿dónde estamos descargando nuestro enojo? Porque muchas veces lo hacemos sobre las personas que no tienen la culpa, y lo peor de todo, en muchas ocasiones, es común que esa persona resulte ser un ser querido que terminemos lastimando sin justificación. Inclusive, que toda esa energía explote y acabemos perdiendo un gran día o haciendo algo que afecte el resto de nuestras vidas por no elegir y no saber; cómo, dónde y con quién descargar esa energía reprimida. Y al decir con quién, no me refiero a que sea con alguien que podramos agredir, sino de quién nos podemos apoyar, de que nos escuche, nos entienda, nos brinde algún consejo, palabras de aliento…
Hoy me sucedió algo bastante feo. Iba manejando tranquilamente, me encontraba con mi novia. No habían pasado ni cinco minutos de que había pasado por ella y estábamos detenidos en el tránsito de la ciudad. Los coches empezaron a avanzar, el auto que estaba delante de mí, se cambió de carril al derecho, pero se quedó a la mitad porque el tránsito estaba pesado en esa avenida, por lo cual, me fue imposible avanzar hasta que logró colocarse bien en el carril y despejar el área para que yo continuara, y lo hice lentamente, porque repito, había algo de tráfico y ya se había puesto el semáforo en rojo.
Me percaté que una camioneta roja, de carga, se me acercó demasiado y empezó a pisar el acelerador para que el motor “rugiera”. Como si me invitara a hacer algún tipo de arrancón, pero, él se encontraba detrás de mí, por lo que evidentemente no se trataba de una cordial invitación. Avancé un par de metros, y nuevamente pegó su camioneta lo más que pudo a mi coche, y volvió a acelerar sin avanzar para que su motor se escuchara.
Cuando tuve la oportunidad, seguí avanzando, y esta camioneta se colocó a mi derecha para rebasarme e insultarme. No me considero una persona agresiva, pero tampoco una persona que se deje, por lo que toqué siete veces el claxon y pensé que ahí quedaría. Que seguramente esa persona tuvo un mal día y sólo buscaba descargar esa energía insultando a algún extraño. No es la manera correcta, pero a veces funciona. Estaba totalmente equivocado, las cosas no terminarían allí.
Estábamos en el alto, y la camioneta estaba como dos coches atrás de mí, del lado derecho. Mi novia me dijo que lo mejor sería dejarlo pasar, y eso hice, cuando se puso el semáforo en verde, avancé lento con el fin de que me rebasara y entonces dejar lo sucedido como una anécdota nada más, pero aquella persona, no sé exactamente que era lo que estaba buscando. Se colocó a lado mío y continúo insultándome, yo con las manos le indiqué que continuara, que avanzara su camino. Pero aquel tipo, todavía gritando, aceleró y me aventó su camioneta con la intención de chocarme o cerrarme el paso, frené para que no me pegara, e inmediatamente vi que abrió la puerta para bajarse. En ese momento no tuve dudas, tenía el camino libre porque su camioneta estaba tantito en diagonal delante del mío, por fortuna no pudo colocarse más, pues tenía un coche delante suyo. Aceleré girando hacia la izquierda para esquivar su camioneta, y en dos segundos ya estaba en la esquina de la siguiente cuadra. Yo tenía el camino libre porque la idea era ir lento para que él se siguiera y terminar allí la disputa, en algo que solamente serían dos extraños gritándose, pero él, todavía no sé por qué, quería llevarlo a otro nivel.
Tenía una cuadra de ventaja, pero el semáforo en rojo. Miré el retrovisor, y lo que vi fue una persona confundida. Miraba a su alrededor como preguntándose ¿qué carajos acaba de pasar? El semáforo se puso en verde y di vuelta a la izquierda, iba lento para tener la mirada también en el retrovisor, por si acaso su insistencia fuera tan extrema para querer seguirme, y por fortuna no fue así, vi que la camioneta roja se siguió de largo y nosotros continúamos nuestro camino sin prisa.
Mi novia dijo algo muy cierto: espero que no le pase nada, pero con esa actitud, lo dudo. Es cuestión de tiempo de que se encuentre con alguien más, que le insulte de la misma forma que a nosotros, pero que, en lugar de huir de manera inteligente, la otra persona le siga la riña, y ni me quiero imaginar cómo pudieran terminar, sería un perder-perder para los dos, una pelea en la que no hay ningún ganador.
Aquí te pregunto, ¿de qué manera estás descargando tu enojo? ¿Tus frustraciones? ¿Tu malestar? No esperes a que sea demasiado tarde y que esta energía te domine como aquel tipo de la camioneta, porque por más que lo pienso, no le encuentro explicación, yo no hice nada malo, sólo respondí el insulto que él empezó.
Si tienes algún enojo reprimido, tuviste un mal día, o simplemente sientes la necesidad de hacerlo, hazlo, pero elige dónde, cuándo y con quién. Grítale al viento, pégale a un costal de box, levanta pesas mientras expresas tu dolor, ve a terapia, pero hagas lo que hagas, no le grites a un familiar o a un extraño que no tuvo la culpa, no confrontes a un inocente. No permitas que tu enojo, amargue la felicidad de los demás. Porque lo que das, recibes.
En la mayoría de las veces, obtenemos lo que buscamos, esa persona de la camioneta roja, estaba buscando agredir, y por esta vez no resultó herido, pero como dijo mi novia, con esa actitud, sólo es cuestión de tiempo en que esa agresión se le regrese, en cualquier momento se podrá topar con un boxeador, con alguien que tenga un arma, y entonces, se habrá arrepentido de no haber elegido de manera consciente cómo, dónde y con quién descargar ese enojo.